- ¿Me acompañas al recital de hoy? Te paso a buscar con M y vamos juntos.
- Mmm… nosé todavía, no tengo muchas ganas de ir…
- ¡Vamos! Acompañame… para eso están las amigas.
- Bueno… está bien.
No quería, ni tenía ganas de ir pero tenía que acompañarla. Entremos tarde. La idea era pasar ahí adentro el menor tiempo posible. Colectivo, charlas, calle, entradas, luces, estamos adentro. Ahí estás, ya te vi. Para qué vine? Porqué?, eso es lo único que pienso y trato de mirar para cualquier otro lado. Esquivarte, como lo vengo haciendo hace meses. Como lo venimos haciendo.
Horas. Pasan.
Listo, hay que irse. Buscar las cosas e irnos, al fín. Mochilas, camperas… Vos. Te miro, me miras. Explosión. Con una sola mirada que cruzamos derretimos el hielo más grande que habíamos creado. Hola. Qué tal? Todo bien?, vos y tu sarcasmo. Ah, hola, yo y mi lentitud. Nervios y chispas. Tu mano extendida, mi mano sorprendida y dudosa se acerca, se chocan, se aprietan, se unen. Con toda la ironía del mundo condensada en tres palabras, me decís tu nombre -como si yo no lo supiese, como si no sonara todos los dias esa palabrita en mi cabeza-: *****, un gusto. No sabemos como seguir, como mirarnos, parece que estuviesemos solos, que no hubiese un montón de personas llendo y viniendo, observándonos algunos. A nuestros nervios, le sumamos nuestra timidez, tu sarcasmo y mi pedantería, tu ego y mi orgullo. Nuestros kosmos son incopatibles, Shaka y Saga, la fe y la ciclotimia.
Y sin siquiera despedirnos, perdimos la última oportunidad de volver a hablar. Somos los únicos culpables de que la historia más hermosa no se escriba; vos y yo.
Christopher(a).




